I
El lunes por la tarde reubiqué mi tipi en el jardín de Matt, al pie de la buhardilla, con el compromiso de pernoctar ahí tres veces a la semana. Una maniobra tal fue posible apenas con la ayuda de Sammy, el encargado de limpieza y mantenimiento. Hasta ese momento solo sabía que era un joven responsable, discreto y capaz de llevar a cabo reparaciones mecánicas y eléctricas de alta dificultad, pero al cabo de varias horas de trabajo en equipo, terminamos por conocernos mejor.
Sammy llegó a la ciudad de México cuatro años atrás, desde la sierra de Oaxaca, con su hermano mayor y un primo de su edad. En un principio, parientes suyos que vivían en uno de esos pueblos que la zona metropolitana se tragó les permitieron dormir en un tejabán. Seis meses más tarde pudieron rentar juntos un cuarto. Con todo y la barrera del idioma (ninguno de ellos sabía más que un par de palabras en español) su hermano consiguió trabajo en un lavado de autos y su primo como cargador en un mercado. Ganaban muy poco, pero les alcanzaba para comer. Sammy se colocó como lavaplatos en una fonda gracias a la recomendación de su tía, jefa de cocineras. Pero no le fue nada bien. Lo hacían trabajar demasiadas horas en labores no especificadas al momento de la contratación, pues el lugar funcionaba como cantina clandestina después de las seis. Además de lavar platos durante todo su turno, tenía que preparar la comida del servicio vespertino, atender mesas cuando faltaba el mesero y limpiar a fondo cocina, comedor y baños al cerrar. Agotado, regresaba a su casa a las dos de la mañana, para dormir unas cuantas horas y volver a presentarse a las siete en punto. Sammy aguantaba los abusos por temor a no encontrar un empleo nuevo, pues no quería dejar de mandar dinero a su mamá, que se hacía cargo de la abuela y cinco niños pequeños (dos hijos propios, dos sobrinos y una vecinita que había quedado huérfana). Pero todo tiene un límite. Tres días antes de cumplir un año ahí, después de trabajar tres turnos seguidos decidió no volver a presentarse en la fonda. Su primo lo regañó. Su hermano le armó un equipo de limpieza. La mañana siguiente Sammy salió a ofrecer lavado de autos casa por casa en colonias cercanas de mejor nivel. La primera semana no ganó un peso, a pesar de que su español había mejorado, a pesar de que caminó durante más de ocho horas cada día. A punto de darse por vencido, un sábado a media mañana Matt lo encontró sentado en la puerta de su casa, llorando. Sin preguntar nada, lo hizo pasar y le dio de comer.
No fue necesario que Sammy expresara con palabras su agradecimiento por haber sido tratado como un ser humano, Matt lo supo por el brillo de sus ojos. O eso imagino, conociéndolos a ambos. Quizá fue esa la razón por la que le ofreció trabajo fijo de medio tiempo y más adelante una beca en su escuela de gastronomía. Pero yo creo que el motivo verdadero habitaba en una grieta recién abierta en el corazón de Matt: la insondable soledad nacida el instante en que el pequeño Isao se marchó con su madre a vivir al otro lado del mundo, cinco días atrás.
Así fue como Sammy, del pueblo del idioma florido1, inició una relación de amistad y colaboración con Matt, el del corazón partido en dos.
:::
Esa noche me di un baño, cené ligero y me recosté en mi cama. Con los ojos cerrados, hice un recuento de la búsqueda de visión. Empecé por el dragón.
Por un lado, dos vidas simultaneas se afectaban. De seguro ayudó en ambas haberme asumido como un hermoso ser volador en lugar de uno comprimido en un traje ajeno. Por otro lado, pese a que en el sueño me identifiqué con mi ser paralelo, en esta vida no recordaba haberme sentido así. Un poco rara siempre me he sabido, pero ¿tanto como un monstruo? Tendría que estar atenta si quería comprender. Antes de dormir dibujé a lápiz los elementos principales en mi búsqueda de visión: el cuervo, la serpiente, los dos tipis con gente envuelta en mantas, el paisaje, la niña encapuchada, el dragón.
Fue hasta el martes que pude hablar con Trøllabundin. Dijo que Gran Cuervo2 es enigmático y sus mensajes suelen develarse en el momento menos pensado. Del resto me dio apenas una poca de información.
—Serpiente es guardián de la Tierra, al pie del árbol dimensional. Puede estar anunciando un cambio de piel. Puede estar ofreciendo su apoyo con la transmutación de un veneno.
Me pareció un mal presagio.
—¿Te refieres a un veneno simbólico, o a uno real?
—Cualquiera de los dos.
Mi cuerpo se estremeció.
—¿Y las personas en el tipi?
—Son los once danzantes sagrados en sus dos facetas: los de arriba, enmascarados, son el adversario; los de abajo son el aliado. Debemos enfrentar al menos un adversario en cada vida. Para encarar al que se asomó, requieres acecho y suficiente práctica con el tambor. Esperaremos a que estés lista.
—La niña encapuchada, ¿qué representa?
—Para esclarecerlo será necesaria una ceremonia, por ahora hay que dejar que esta experiencia repose algunos días.
—¿Cuántos?
—Hasta el próximo lunes.
Resoplé en mi mente. La buena noticia era que mi tambor estaba seco.
II
Antes del entrenamiento de viajes entre mundos me dispuse a descubrir cuál era el lado negro y cuál el rojo, de acuerdo con el sonido del tambor.
Seguí las instrucciones de mi maestra y busqué una serie de ritmos antes de lanzarme a mi primera expedición: ir al inframundo a recolectar poder. Con el primer ritmo me arraigué a mi alma terrenal. Con el segundo me moví en el mundo de abajo, acompañada por la lagartija insolente, tras anunciar mi llegada con dos golpes. En esta ocasión el desplazamiento fue mucho más sencillo que en mi primera visita. Rompí muchos itacates3 de poder, saltando de uno a otro igual que un personaje de videojuego, pero sin la angustia, porque ni había límite de tiempo, ni mi vida corría peligro. Coloqué el poder que extraje en una bolsa formada con la curva de mi brazo izquierdo. Una vez que reuní suficiente, me dirigí a mi alma celestial donde, con otro ritmo, lo distribuí. Así alimenté la intención que había elegido antes de salir: recuperar los años perdidos. Volví al mundo terrenal, sana y salva, con el primer ritmo.
Fui y vine sin pausas, aunque las manos me temblaron por hacerlo frente a mi maestra, y todo lo que sola me sale perfecto, se convierte en un desastre mayor cuando alguien me mira. Lo más difícil fue neutralizar mi diálogo interno, así que traté de concentrarme en la intención del viaje, en cuidar la frecuencia y la intensidad específica de cada golpe. Las pocas veces que logré dejar pasar el raudal de pensamientos sin correr detrás de ellos, el ritmo fluyó por sí solo.
Satisfecha con mi desempeño, Trøllabundin me indicó realizar cada día una recolección similar y alimentar con poder mis objetivos actuales hasta haberlos alcanzado todos.
Recorrí cada tarde el camino entre la buhardilla y la cabaña con mi tambor. Al principio lo transportaba envuelto en un suéter, más adelante en un estuche para platillos como el de mi maestra, que compré en una tienda de instrumentos musicales del centro de la ciudad.
A Matt le pareció imponente mi primer objeto sagrado. Me pidió hacer una demostración de ritmos a medida que los aprendiera, lo que cumplí sin falta una vez a la semana. Para él era algo tan novedoso como para mí. Según dijo, ningún equipo de jugadores en el Zero tenía un artilugio similar, sin importar el nivel.
Practicaba cada mañana mientras Matt salía a correr. Como muchas percusiones, mi tambor producía un sonido potente que hacía vibrar las ventanas, por eso prefería tocarlo cuando estaba sola, de preferencia en el jardín. Para el inicio del nuevo año ya dominaba una buena cantidad de ritmos, algunos con su canto correspondiente. En adelante los practicaría junto con Trøllabundin para aprender a tocar en grupo.
Aquella fue la primera época navideña que pasó desapercibida en mi historia. Nadie a mi alrededor festejaba esas fechas y para mi alivio no tuve intercambio de regalos ni cena de la oficina. La única invitación que recibí —y decliné— fue la de Maggie, quien organizó una fiesta de Año Nuevo. Si acaso hice algo diferente durante diciembre, además de celebrar el solsticio, fue retapizar con piel de borrego el pouf que Penny me heredó. Ah, y tomar horchata caliente en mi tipi, mientras escuchaba a Vampire Weekend.
III
A pesar de que el aprendizaje en conjunto era nuevo para mí, algunos temas ya los conocía, de manera superficial y desde una perspectiva distinta. El lenguaje podía ser otro, pero la raíz de las ideas era la misma. Descubrí cuánto me identificaba con esta opción tan natural. En el sendero que recorría guiada por Trøllabundin todo era una gran metáfora, espléndida y exquisita, proveniente de una época en que el conocimiento se adquiría a través de vivir en conexión con tódoloqueés. «Recuerda que hay una sola mente. Tú te conectas con ella a través de tu inteligencia. Por eso es importante que la fortalezcas, que la ayudes a ramificarse», solía decirme.
Una tarde que tomábamos té en el jardín pregunté por ciertos aspectos que me parecían confusos.
—Esto que tú me enseñas es chamanismo, ¿verdad?
La mujer guardó silencio y me miró directo a los ojos. Yo volteé hacia otro lado y me pregunté si estaría metiéndome en un problema por decir algo inapropiado, como me sucede con frecuencia. Sé que abundan ofertas de viajes con chamanes autodenominados que afirman haber hablado con un coyote en el desierto tras un atracón de plantas de poder (o de chile de Quetzalzaltenango), mientras que los verdaderos provienen de linajes ancestrales, y antes de osar convertirse en uno, trabajan largos años para pasar pruebas e iniciaciones donde se rinden a la muerte.
—En un sentido estricto —dijo Trøllabundin— el chamanismo tradicional se originó en la región de Mongolia y se difundió a otras partes del continente por contacto cultural y migración tribal. El chamanismo no es universal, fuera de Asia solo existe en los pueblos del ártico, en pocos lugares de Europa, África y el continente americano. Tampoco es la práctica espiritual más antigua, como algunos piensan.
—¿Y cuál es?
—El animismo.
—Vaya.
—El chamanismo surgió a partir del animismo de Asia central hace miles de años.
—Entonces, todas las culturas chamánicas son animistas, pero no todas las animistas son chamánicas.
—Exacto.
—¿Y el concepto de chamán?
—Esa palabra proviene de sâman, de la lengua evenki en el sur de Siberia. Cuando llegó a Occidente, el término se utilizó para describir, sin distinción, toda espiritualidad tribal que se considerara primitiva.
—Así es como yo conocía la palabra.
—Mucha gente la utiliza para describir tradiciones sagradas de cualquier lugar: africanas, de nativos americanos, de aborígenes australianos. Pueden ser ancestrales y poderosas, pero no son chamanismo.
—Entonces, ¿qué es exactamente un chamán?
La mujer fumó con los ojos cerrados. Después respondió, eligiendo las palabras con todo cuidado y haciendo pausas cortas entre cada idea.
—La función de un chamán es servir a su comunidad como intermediario con el mundo espiritual. Los espíritus lo eligen. Es capaz de entrar en un estado de trance deliberado, controlado y repetible, donde experimenta un vuelo para viajar a otros mundos e interactuar con espíritus. Puede trabajar en alianza, luchar, o negociar con ellos, siempre con un efecto en este mundo. Ciertos espíritus pueden utilizar la voz y el cuerpo del chamán para curar o dar consejos a su comunidad. Mientras no está en trance, también participa en rituales específicos, las ceremonias. Es cierto que muchas personas pueden hacer algunas de estas cosas, pero si no existe el trance, el viaje y el trabajo con espíritus, no se les reconoce como chamanes.
Gracias a una explicación tan precisa, por primera vez me quedaba claro el término. Tomé un trago de té antes de continuar con las preguntas.
—¿Se usa el mismo término para hombres y mujeres?
—En la lengua evenki solo aplica a hombres. Cuando se trata de mujeres, la palabra correcta, aún más antigua que sâman, es udagan.
—Entonces, fuera de Asia central, cada pueblo animista del mundo tiene un nombre diferente para referirse a esas personas.
—Así es.
—Claro, como un kahuna en Hawái, ¿no? O un machi entre los mapuches. O un marakame para el pueblo wixarika4.
—Entre los que mencionas, los marakames sí cumplen con el criterio para considerarse chamanes.
—No lo sabía.
Trøllabundin cambió de posición y bebió té, que de seguro ya estaba frío.
—Pero, a ver, ¿tú eres chamana? Quiero decir udagan. Porque, por lo que he visto, cumples con todos los requisitos —pregunté para no quedarme con dudas.
—En lo personal, prefiero que me llamen mujer de medicina.
—Y, tú no eres nativa americana, ¿o sí?
—Provengo de la zona de Altái, al noroeste de Mongolia, aunque mi linaje ya no existe en este mundo. Me trajeron a vivir a estas tierras cuando era muy pequeña y un hombre de medicina nativo americano me tomó como su aprendiz.
—Por eso dices que te prestó las maneras de sus ancestros mientras podías aprender las tuyas.
—Cierto.
—Y tú haces lo mismo conmigo; me enseñas igual que él te enseñó a ti.
—A ti te explico las cosas. Mi maestro solo me daba lecciones prácticas, porque no se necesita entender con la mente pequeña, sino comprender con todo lo que eres.
Guardamos silencio varios minutos.
—Comprendo que no soy tu aprendiz, pero ¿entonces qué soy?
—Cualquier persona obtiene un gran beneficio cuando recorre el camino espiritual de sus ancestros sin necesidad de perseguir algún nombramiento. Al hacerlo puede integrar las maneras que le corresponden para vivir una vida buena. Buena para ella.
—Entonces soy una simple estudiante.
—Me parece un término apropiado.
—Pero no me has dicho cómo se llama este camino.
La mujer reflexionó un momento y respondió.
—Este es el camino del poder compasivo.
Contemplé el agua del arroyo para asimilar a fondo esas palabras.
IV
Agradecí que mi maestra me diera un sábado y un domingo libres. La información nueva era tan abundante que no podía procesar un dato más. Me sentía igual que la boa que se tragó un elefante.
Ese fin de semana pasé mucho tiempo en la buhardilla, donde descansé cuanto pude. El sábado por la tarde vi Moonrise Kingdom en compañía de Matt, mientras devoraba un bote de palomitas de maíz con chamoy5.
Me puse a chatear con Maggie y ante su insistencia en vernos, desayunamos el domingo en mi café favorito, Ruta de la seda, donde hacen los mejores pasteles que he probado en la ciudad. La razón de su prisa era contarme que su novio de muchos años, con quien había terminado al menos tres veces, al fin le había pedido que se casaran.
—Me da gusto saberlo, Maggie —dije sincera, aunque no pude compartir su entusiasmo porque nunca he fantaseado con una boda—, muchas felicidades.
Ella se sonrojó.
—Ya sé que no te gustan los eventos multitudinarios, pero de cualquier forma te enviaré invitación.
—Sí, las multitudes me ponen de nervios, sobre todo si se trata de desconocidos —dije, sonrojada yo también—, gracias por tu comprensión. Aunque no vaya a la fiesta, aclaro que sí te voy a enviar un regalo.
Maggie sonrió y dijo: «Cuento con eso».
Antes de despedirnos me entregó un paquete con la indicación de abrirlo hasta que llegara a casa. En el trayecto de regreso escudriñé el interior, donde encontré un estuche de acuarelas y dos pinceles japoneses. Era hora de agregar color a mis dibujos.
V
El lunes siguiente trabajé con mucho ímpetu en el Zero antes de salir rumbo a la cabaña resuelta a averiguar todo sobre la pequeña encapuchada.
Lo que descubrimos a través de la ceremonia me impactó: la niña se encontraba dentro de una burbuja creada a partir de una frustración demasiado grande para poder manejarla.
—¿Una burbuja, dices? ¿De dónde salió?
—En ocasiones, cuando una persona se siente rebasada por la vida, desesperada, pide a su propio espíritu que la saque de ese ambiente hostil.
—¿Es como querer morir?
—Más bien es un deseo intenso de mantenerse a salvo.
—Ah, es un asunto de supervivencia. ¿Y entonces qué sucede?
—La vida responde. Siempre lo hace, de múltiples maneras. En tu caso formó un espacio donde tu ser pudiera permanecer seguro. Tu cuerpo creció, pero el alma ha mantenido la edad que tenía cuando eso sucedió, también tu expresión de niña. A partir de ese momento todo lo que recibes pasa por ese filtro, que piensa y actúa con poca madurez, pero te protege al suavizar las experiencias.
—¿Entonces la pequeña encapuchada es intermediaria entre la vida y yo?
La mujer asintió.
—Las creencias que tenías cuando se formó la burbuja siguen activas, temores incluidos, a menos que sanes el asunto y madures.
—También podría dejarlo tal como está. Al fin que no me va tan mal —me defendí.
—Eso dependerá de ti. El problema es que tu poder personal se conserva en esa cápsula sin que puedas acceder a él. Se podría decir que vives desnutrida en lo que a fuerza vital se refiere.
Suspiré.
—Es que eso de convertirme en adulto responsable me provoca hormigas en la piel.
—Responsabilidad no significa atadura, carga o aburrición. Ése es otro concepto erróneo de tu tribu. Ser adulto no te impide resonar con la creatividad, con lo espontáneo, con el asombro. Ser responsable significa ser capaz de responder: a la vida, a tu comunidad, a los anhelos profundos de tu corazón. Estirarte para tocarlo todo en vez de enrollarte hacia adentro. Vivir de manera lúdica, rodeada de belleza, motivada por la curiosidad.
Sonaba bien, pero no tomaría esa decisión así nada más. Podía entender que hacerlo me ayudaría a avanzar, solo que necesitaba tiempo para macerar la idea.
El suceso traumático que originó la burbuja parecía corresponder, al menos en parte, a la muerte de mi madre y de mi abuelo. Me pareció lógico, pues fue un golpe muy fuerte a mi edad, sobre todo porque gracias a mi abuelo había podido surcar las aguas turbulentas de mi infancia. Mi madre contribuyó dándome espacio. Aunque por momentos me pareció demasiado, al final me ayudó a comprender que mi único camino era avanzar por mis propios medios. Mi padre también ha hecho lo suyo, aunque su apoyo siempre ha sido más práctico, en extremo enfocado. Casi quirúrgico.
Busqué que volvieran a mi memoria mayores detalles de esa época, pero no lo conseguí.
—¿Qué debo hacer para sacar a mi pequeña de ese lugar? —pregunté, sin estar segura de querer llevarlo a cabo.
—El procedimiento es largo —explicó Trøllabundin. —Con el fin de aflojar la burbuja debes agitar una sonaja por todo tu cuerpo cada mañana.
—¿Nada más? No suena tan complicado. ¿Cuántos días?
—Los necesarios —respondió. —Además de eso, debes viajar con tu tambor varias veces para encontrarte con la niña encapuchada.
—¿Cómo sabré dónde está?
La mujer de medicina entrecerró los ojos.
—Ya has estado ahí, confío en que recuerdes cómo llegar. De cualquier manera, lo mejor será que vayas con Venado. Él puede guiarte y darte el apoyo que llegues a necesitar.
—Bien. Venado me agrada más que la lagartija.
—Cada vez que te encuentres con la niña encapuchada debes darle reconocimiento. El día que ella te responda, será el momento de ayudarla a salir de la burbuja.
—Pero ¿cómo? —pregunté nerviosa al recordar mi experiencia con la sanadora retro, que me había encargado resolver algo crucial sin la menor preparación.
—No te preocupes por adelantado. Alimenta la intención de responder y confía en tus capacidades —me aconsejó, al tiempo que me entregaba una sonaja que sacó de su canasta.
Consciente de mi inexperiencia y de cuanto me aterra hacer algo por primera vez, insistí.
—¿Y si todo eso falla?
—Entonces consultas a Venado. Recuerda que no vas sola.
VI
Visité a la pequeña encapuchada tres veces a la semana. El primer viaje fue un tanto desastroso, pero poco a poco fui mejorando. Al final del mes ya lo hacía con cierta soltura. Ninguna de mis otras actividades disminuyó, por lo que me encontraba más atareada que nunca. Matt me preguntó en más de una ocasión si tenía problemas. No quise hablar de lo que ni yo misma comprendía, era preferible esperar a que la burbuja estuviera disuelta para contarle.
Mi instrucción con Trøllabundin seguía su curso. De acuerdo con el plan de trabajo, me enseñó a realizar ceremonias personales sencillas. Confeccioné morralitos para guardar en ellos una dotación de cada una de las plantas y flores que había recolectado y secado. Requerí seda delgada que obtuve de un par de pañoletas usadas que Penny me ofreció y recogí en un viaje relámpago a su casa. Cuánto celebro haber dejado atrás esa época en que manejar en carretera me aterraba. Es que, si hacerlo en la ciudad es agotador, ir a toda velocidad entre autos y camiones incrementa mi angustia, en especial porque el riesgo se multiplica. No sé cómo otras personas pueden operar el automóvil al mismo tiempo que atienden el camino —con una cantidad brutal de información visual y auditiva— además de proyectar a futuro las acciones de los demás conductores para prevenir accidentes. Maggie, encima de todo eso, lleva la música a todo volumen, no para de hablar y conoce todos los atajos. La verdad es que solo manejo porque no me gusta depender de otros para moverme. Y salir de la ciudad por una de las autopistas más concurridas es algo que hago nada más porque quiero mucho a Penny. Por fortuna aprendí a manejar gracias a mi hermano, tan paciente y sistemático. Él me llevó tres veces a Cuernavaca hasta casa de mi amiga, mientras yo memorizaba la ruta y las referencias que evitarían que me extraviara. Aun así, la primera vez que fui sola temblé todo el camino, porque tal pareciera que iba por uno completamente diferente. Lo único que me ayudó a mantener el aplomo fue poner una canción segura en repetición continua —wir fahren, fahren, fahren auf der Autobahn6— hasta que llegué a casa de Penny, quien me esperaba en la esquina con chaleco de señalero de aeropuerto y linternas color naranja.
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Aprender a coser ya mostraba beneficios. Apliqué algunas cuentas de vidrio de colores a mis bolsitas de seda y quedaron dignas de bazar de diseño. Luego me lancé de nuevo al centro de la ciudad en busca de provisiones. Conseguí seis rollos de carbón, un poco de copal, otro poco de frankincienso, además de dos paquetes de incienso japonés y de Bután (los únicos que no me provocan dolor de cabeza). Esas varitas no las requería en las ceremonias sino como ofrenda diaria a mis ancestros, a quienes aún no tenía el gusto de conocer.
En una tienda de velas compré un platoncito metálico donde podría quemar el carbón. Con los hippies me hice de sábanas de papel arroz y, para quemar tabaco sin fumarlo, conseguí pedacería de buena calidad en un lugar donde enrollan puros.
Guardé mis objetos nuevos en un morral de manta, a falta de una bolsa de cuero con fondo plano y costuras aparentes que tenía bien ubicada en Etsy, pero se hallaba fuera de mi presupuesto actual.
Un domingo cerca del mediodía llevé a cabo mi primera ceremonia dentro del tipi. Fue un trabajo de principiante, pero representó un gran paso en la comunicación con mi espíritu. Un abrazo cálido en medio de una quietud indescriptible sustituyó esa conversación que solía esperar.
VII
Debe haber presentido que el momento se acercaba pues una tarde, antes de despedirnos, mi maestra me explicó con detalle lo que tenía que hacer para romper la burbuja. Sin complacer mi solicitud de ayuda explicó que era indispensable actuar de inmediato cuando la niña respondiera. Para memorizar las instrucciones imaginé cada paso mientras ella los describía y pedí a Venado que me ayudara a recordar.
Esa noche me soñé montando una bicicleta demasiado pequeña en las playas de Tulum mientras cantaba I don’t Wanna Grow Up7. Estaba tan absorta en el pedaleo que no noté la formación de una ola descomunal que me engulló de un bocado. Dentro del agua azul cobalto muchos objetos flotaban desordenados. Traté de nadar hacia la superficie sin conseguir esquivarlos. Desperté ansiosa por una bocanada de aire.
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La tarde siguiente visité a la niña encapuchada. Luego de decirle «Tú eres yo», de acuerdo con la rutina, me dispuse a regresar. Ella me miró a los ojos por primera vez y con sorpresa pronunció las palabras esperadas: «¡Yo soy tú!». Igual que cuando iniciaron las contracciones de Penny una noche que la acompañaba durante su embarazo, mientras Ruby estaba de vuelo, perdí la compostura y no acerté a hacer nada coherente. Esta vez recibí ayuda de Venado, quien introdujo en mi campo la secuencia plasmada en mi memoria.
Miré a la pequeña y le dije: «Te voy a llevar adonde perteneces». Pedí a mi ayudante que con su enorme cornamenta rompiera la burbuja. El líquido transparente que brotó de ella me cubrió. Lo recibí con los brazos abiertos al saber que se trataba de mi propio poder. Tomé a la niña de la mano y la llevé hacia el inframundo, para lo cual cambié de lado el tambor sin perder el ritmo, en una maniobra bien lograda.
Al llegar a nuestro destino ella se arrodilló en la tierra y con las manos desnudas cavó hasta desenterrar un pájaro carpintero de felpa. En ese instante aparecieron frente a mí numerosas escenas posteriores a la muerte doble, en las que me encerraba en mi cuarto para llorar y suplicar ayuda a mi madre, incapaz de reconciliarme con la idea de su partida. Recordé las indicaciones de Trøllabundin y enfoqué la intención de seguir adelante, de crecer. Tirité sin control. Ayudó un poco imaginar que al alcanzar la llamada madurez me seguiría divirtiendo. En mi vida adulta habría ropa cómoda y llena de color, colecciones de juguetes, exploración, asombro, desparpajo, ludismo y mucho canto en Guitar Hero. También maratones de baile enloquecido (cuando nadie me viera).
Me acerqué para besar en la frente a la pequeña encapuchada y cerca de su oído susurré: «Éste es tu hogar». Por tratarse de un recuerdo, ella pertenecía a mi alma del inframundo. Se puso de pie, me sonrió y se alejó haciendo el avión con el carpintero en la cabeza.
Con ojos llorosos di vuelta a mi tambor y me dispuse a regresar al mundo terrenal. Apenas volví del viaje, me tendí en el suelo, agotada. Más tarde subí a dormir a la buhardilla.
VIII
Cuando desperté creí que aún soñaba: no podía distinguir con claridad los pocos muebles. Lo que veía era un montón de imágenes encimadas, como si muchas escenas sucedieran al mismo tiempo. Permanecí un rato con las manos sobre la cara.
Eché un vistazo minutos después y el panorama era el mismo. Me concentré en buscar mi teléfono, pues con todo y galimatías visual tenía que ir a trabajar. Estiré la mano y a pocos centímetros pude medio enfocar un 08:57 en la pantalla. Las imágenes superpuestas no desaparecían, me tapé por completo con el edredón y llamé a la lagartija. No pensaba pedirle ayuda, solo quería compañía. De cualquier forma, no llegó.
Trøllabundin me había advertido que viviría cambios fundamentales a partir de la liberación de la pequeña. ¿Era posible que de esto se tratara? ¿de percibir muchos planos al mismo tiempo? ¡Cómo podría alguien vivir así!
Envié a Matt un inusual mensaje de voz para avisar que faltaría al Zero por un asunto imprevisto, sin entrar en detalles. Me dispuse a dormir otra vez. Al cabo de un par de horas volví a despertar, ya libre de la mezcolanza de imágenes, pero con la mente aún revuelta.
La etnia ayuukjä’äy, mejor conocida como mixe.
En inglés existe una diferencia clara entre raven y crow, ambos “cuervo” en español. Debido a su tamaño, y a su jererquía en esta cosmovisión, opté por llamar “Gran Cuervo” a Raven.
Trøllabundin utilizaba el término bundle, que equivale a “paquete” o “atado”, pero considero más preciso usar “itacate”, que viene del náhuatl itacatl y significa “provisión”.
Pronunciado wirrárika, es el nombre del pueblo conocido como huichol.
Salsa de sabor acidulado levemente picante. Derivada del umeboshi, alimento japonés preparado con chabacanos encurtidos que a veces se tiñen de rojo.
Conducimos, conducimos, conducimos en la autopista.
No quiero crecer.




Es una descripción maravillosa y conmovedora