I
Después del grandioso descubrimiento, Daniel dijo: «Bien. La fecha límite se adelanta. Consigan ese empleo antes del próximo miércoles a las seis». Entró a la reunión de avanzados y cerró la puerta. Supuse que mis compañeros se molestarían conmigo por haber provocado tal recorte de tiempo, así que salí corriendo rumbo a casa sin mayor averiguación.
En el último tramo del trayecto, ya sin prisa, cavilé acerca de lo que acababa de decir. Esa idea de que somos proyecciones de un original ubicado en otro plano ya la conocía por libros, películas o canciones, donde todo sonaba convenientemente metafórico. Aterrizado en mi realidad se tornaba tremendo, porque una cosa era comprender que el juego equivalía a mi vida y otra muy diferente sería jugarlo. Mejor dicho, seguir jugándolo. Mi lista de preguntas creció de golpe. La mujer de blanco era la única que podía ayudarme en este caso de confusión extrema, solo que ¿dónde encontrarla?
Recostada en mi sofá solferino exploré la tarjeta de filigrana para buscar algún botón oculto. Nada. Lo que sí descubrí fue más información en mi manual.
Lineamientos del juego
1. El jugador proyecta de este lado del muro el Lexi, que es una combinación específica de partes tomadas de su Etymos.
2. Al pasar a este lado, el Lexi olvida lo que sabe del juego.
3. El Etymos puede comunicarse con su Lexi a través del Decodificador AB.
Gracias por la información, muy oportuna. O sea que soy un Lexi que al nacer olvidó lo planeado para su maravillosa vida y que encima tiene un Decodificador estropeado. Porque muchos mensajes no he recibido, fuera del zumbido que aquí y en China indica desperfecto. ¿Y qué quiere decir AB? Con mi suerte, no dudo que signifique ape brain1.
Lo único que se me ocurre es tratar de meditar, como sugieren los maestros de tantos caminos. Cruzar el muro —de luz, de niebla o de ladrillo— y contactar a la mujer de blanco. Lo malo es que sin importar cuánto lo desee, no logro detener los pensamientos que fluyen día y noche en una panoplia desordenada. Supongo que el silencio interior no es lo mío.
Una vez fui a un centro budista tibetano —por insistencia de Maggie— pero mi empresa no fructificó. Al llegar aclaré que la flor de loto es incompatible con mi conformación ósea y me mandaron al sofá del fondo, con una señora que tenía la cadera recién operada. Luego vino un monje peloncito con expresión de me acabo de comer una langosta termidor. Bueno, acaso un té con mantequilla de yak. Nos habló un buen rato de la compasión, el remedio a los problemas del mundo, y al final indicó meditar sobre tan valiosa virtud sin dar tiempo para hacer preguntas (yo tenía muchas). Todos estaban en lo suyo, pero yo llegué a la conclusión de que al sofá le urgían resortes nuevos porque no podía concentrarme. Esquivando meditantes, me dirigí a tomar un cojín. Nadie se inmutó. De regreso me di cuenta de lo absurdo que era caminar de puntas con calcetines. El asiento mejoró con tres cojines y sus viajes correspondientes a la entrada. Cerré los ojos dispuesta a poner mi mente en blanco pero, entre muchos otros ruidos, escuché rechinidos de llantas, vendedores ambulantes, música destemplada de algún estéreo y el petardeo esporádico de un camión de carga con motor fuera de tiempo. Difícil de creer, pero los demás asistentes conservaron la concentración. En fin, que cuando terminó la media hora yo ya había repasado mi agenda de trabajo y completado una lista mental de música. A la salida dejé mi cooperación amorosa en la cesta, junto con la sugerencia de que los fondos se destinaran a instalar vidrios aislantes y sillones mullidos. Como una muestra de compasión.
Entonces, nada de meditación tradicional por ahora. Pero ¿qué tal emular un savasana2, el esperado remate de las sesiones de yoga? Al fin que hacerme la occisa sí se me facilita.
Empujé hacia un lado la mesa de centro y extendí mi tapete en el piso. Encendí una vela con aroma antiestrés que Maggie me regaló, puse una lista de música sufi y, ya con piyama, apagué la vela porque me provocó dolor de cabeza. Abrí la ventana unos minutos para ventilar y aproveché para ver un episodio de Web Therapy.
Una vez tendida en mi tapete y cubierta con una manta me relajé parte por parte, de acuerdo con las indicaciones del maestro: empezar por los dedos de los pies, enseguida los tobillos, pantorrillas, rodillas, muslos, cadera...
II
Desperté alrededor de las cinco de la mañana con el estruendo del camión de la basura y dolor de espalda. Arrastré la cobija hasta la cama, solo para descubrir que me encontraba en pleno insomnio, con una tensión muy molesta en el estómago y algo que bien pudo ser enfado. En ese momento estuve segura de que la meditación es un engaño vil, uno de tantos trajes nuevos del emperador. Me prometí que para descubrir la verdad la próxima vuelta de mi juego nacería en la India. O mejor en las zonas altas de Nepal, donde hace menos calor.
iPod en mano pensé que Sigur Rós sería el mejor tranquilizante. Seleccioné una lista que empezaba con Starálfur. Mi respiración se sincronizó con la melodía, lo que provocó que me hundiera con lentitud en la tercera exhalación y mis pensamientos se deslizaran sobre un pentagrama centelleante de líneas formadas por números diminutos, rumbo a un círculo color índigo en el centro de mi mente. Mi entendimiento avanzó tras la fila de dígitos y entró a la gran mancha, que resultó ser un túnel, para llegar al fin a una nebulosa de colores. Quise reconocer la galaxia de aquel sueño del desagüe, pero la idea se disipó antes de completarla. El tamaño de los números fue en aumento y al aparecer un gran 0317 el sonido estalló en color rosa dentro de mi oído derecho de tal forma que, sin saber cómo, llegué a la casa con forma de ballena y vista al cielomar. Ahí, sentada en la silla buganvilia se encontraba la mujer de blanco, mi mentora, con esa expresión de te conozco de años y yo sin recordarla.
III
El sábado pasé el día flotando, sin prisa por nada. En proceso de digerir la langosta, por así decirlo. Ni siquiera me intrigaban las revelaciones del sueño. Lo poco que recordé fue a la mujer de blanco con su mano en mi cabeza y unas viñetas de manga que aparecieron frente a mí. El cielo hecho de mar que rodeaba la casa con forma de ballena se transformó en capas de nubes, de esas que ves cuando vuelas sobre ellas. Allí me di cuenta de que en efecto sobrevolaba estratocúmulos, al tiempo que entonaba una canción de Asobi Seksu: ano kumo o miteru, kotoriga tounderu3. Muy placentero. Mi mentora me entregó en pleno vuelo una pequeña esfera plateada. A falta de bolsillo la puse en mi boca, donde se disolvió y de paso refrescó mi garganta. La mujer de blanco expresó una melodía colora que entendí perfecto: su nombre y el mío. Justo al preguntarme si la esfera sería un pez de Babel similar al de Arthur Dent —útil para comprender cualquier idioma del universo— caí en picada. La mujer de blanco despareció de mi vista, yo descendí hasta atravesar el techo de mi cuarto y aterricé, con gran estruendo, a un lado de la cama.
IV
El domingo escuché música durante todo el día, en piyama. Ése es otro gran gozo en mi vida, similar al de rodearme por objetos con estética singular. Entre más propositiva y original sea la música y entre más cómoda la piyama, mejor. También amo el virtuosismo. Todo reto a los sentidos —y a la mente racional— me nutre en lo más profundo. Aún recurro a lo que conozco desde la infancia, en especial durante épocas de incertidumbre, pero también necesito descubrir sonidos nuevos y, gracias a que las fronteras en el espacio-tiempo musical cada día se desdibujan más, puedo saciar mi sed casi sin limitaciones.
Crecí en una familia melómana. En casa de los abuelos maternos donde pasábamos muchas tardes se escuchaba música clásica, folclórica latinoamericana y de mariachi, gracias a mi abuela. Mucho jazz, Cole Porter y Sinatra por el lado de mi abuelo. Mis papás escuchaban sobre todo rock de orígenes diversos en todas sus variantes. Mi mamá tenía una buena colección de blues, todo Queen y la mayoría de los Beatles. Mi papá, un amplio catálogo de progresivo y música electrónica: al fin über geek. Al crecer, mi hermano y yo desarrollamos nuestra propia preferencia a partir de un gran bagaje. Él vive entre techno, tribal, house, psy trance, mucho étnico, folk ruso, Bach y lo electrónico de nicho. A mí me gusta casi todo el rock, aunque me fui más por lo alternativo y la música indie. Me enloquece lo minimalista y lo inclasificable, pero confieso que también escucho pop, en especial brit o bastard.
Por eso mi iPod viejito, que solo maneja canciones y fotos, porta mi colección de música favorita organizada a mi gusto. Tengo listas por tipo de sonido, instrumento, solos (como los de El profesor, pero de percusiones), compases complejos, estilos de voz, sampleos, música de la vida (gracias a Nicolas Frize) y muchos sonidos encontrados.
V
El lunes estuve de mal humor, una vez agotado el efecto del encierro musical. Lo único que se me ocurrió fue dejar de procrastinar y hacer esa llamada terrorífica para conseguir el trabajo. Mientras desayunaba dos Eggo-waffles recién tostados con queso mascarpone, jarabe de arce y frambuesas, me entró una urgencia por ordenar mi armario bajo un criterio diferente. Decidí hablar por teléfono apenas concluyera tan importante cometido. Terminé cerca de las dos.
Disponía de tiempo para una comida tranquila, pues el clasificado indicaba llamar de 9 a 2 y de 4 a 6. De camino al Mai Nichi, a cuatro calles de mi casa, invité a Matt, pero quedamos de vernos más tarde porque él no podía. Éste es uno de los poquísimos restaurantes donde me animo a comer sola, pues tiene gabinetes individuales. En general me agrada tener compañía mientras como. El problema es que si no se dan las condiciones para una conversación interesante prefiero comer callada, algo que pocos soportan sin ofenderse. ¿Cuál es el problema de ingerir tus alimentos sin pronunciar palabra? Comer con amigos o personas afines es por sí sola una buena experiencia, ¿para qué frivolizarla por temor al silencio?
Devoré un tazón de ramen digno de Ponyo, que acompañé con un vaso de calpis. Recibí una invitación de Maggie a comer en un restaurante más o menos cercano y me lancé con la idea de tomar el postre. No fue posible, pues ahí no servían cafeína, azúcar refinada, harina blanca ni lácteos. O sea que en vez de la tarta de frutas y el latte que imaginaba, acabé tomando un té de fenogreco con dos panquecitos de aserrín que bañé con miel de abeja comprada en la tienda naturista anexa.
Una vez que me ajusté a la decepción por el postre, lo que me tomó nueve minutos, la pasé tan a gusto que se me fue la tarde. Me agrada escuchar a Maggie, pues posee un talento natural para hablar de trivialidades. Así me entero de noticias que en general no cruzan por mi radar. Es la única persona con quien soporto una charla superficial porque siempre tiene una anécdota fresca, chusca y de veracidad controvertible. Lo mejor son sus monólogos —que de paso me ahorran toda participación—, donde analiza concienzudamente problemas superfluos comunes en su mundillo y que ella, con candidez auténtica, considera universales. Esa sección particular en su repertorio resulta cuando menos esclarecedora para alguien como yo, que no se ha identificado ni en un párrafo con su propia generación. O su estrato socioeconómicocultural. O su rol como mujer. O su… en fin.
No le conté nada del juego, ni planeaba hacerlo dada su orientación hacia una espiritualidad gluten free de fronteras borrosas. En ese terreno, Maggie insiste en que comparta sus creencias. A mí me da lo mismo lo que crean otras personas o cómo se organicen entre ellas, lo único que odio es que traten de convertirme. Aunque lo cierto es que me he asomado más de una vez a los caminos que ella explora, pues por sugerencia suya —y por mi curiosidad insaciable— tiempo atrás leí libros que me recomendó con vehemencia, pero justo por esa razón sé con toda certeza que lo suyo no es lo mío. Admito que he gozado fragmentos selectos de El libro tibetano de la vida y la muerte, La doctrina secreta, el Lao Tzu y el Bhagavad Gita, además de algunos cuadernillos sobre druidismo que me soplé durante su etapa neopagana, pero eso se debe a mi interés por las cosmovisiones y a mi gusto por la literatura. La única razón por la que llegué a terminar un par de libros sacados de la sección de esoterismo que se atrevió a regalarme fue por mi capacidad para descubrir tesoros ocultos en lugares improbables. Es que puedo encontrar algo de valor en medio de una pila de desechos, quizá porque no me distraigo con el entorno. Pongamos el caso de un concepto filosófico refundido en lo más profundo de un tomo que la mayoría de la gente rechaza porque el autor dice haber recibido la información de un ser de otra dimensión. ¿Qué más da si la escuchó en el metro, proviene de un viaje de ácido o si se la dictó un marciano, si la idea es valiosa, original y sirve para crear o perfeccionar algo? Gracias a que esos detalles no me estorban he reunido en una ubicación secreta de mi mente montones de semillas de ideas, quids y partículas poéticas. Y al igual que esas personas que atesoran riquezas materiales voy de cuando en cuando a mi bóveda para sostenerlas en las manos y admirarlas como piedras preciosas de las que se lucen en público apenas unas cuantas veces en la vida.
Por eso no subestimo los soliloquios ni las anécdotas de Maggie cuando nuestra plática se aleja de los temas de cajón: cine y literatura.
***
Salí del restaurante en busca de la sanadora retro, me urgía su consejo. No la encontré en su casa, le mandé un mensaje y en su respuesta me recordó escribir a la mujer de medicina. Qué bueno, porque se me había borrado por completo. Deambulé un par de horas por un parque cercano, fotografiando hongos, orugas y escarabajos para subir a Instagram. Minutos antes de las seis, resuelta a marcar el número del anuncio descubrí que el recorte no se hallaba en mis bolsillos. Pensé en regresar a casa, solo que no quería llegar tarde a mi encuentro con Matt. Pospuse la llamada una vez más y me senté en una banca a escuchar música mientras llegaba la hora de partir.
VI
Matt me saludó simulando que se quitaba un sombrero. Ante mi ceño fruncido, explicó que mi generación tenía el récord de velocidad en descubrir que el juego del muro de luz era nuestra vida. Algo raro, pues en general parecíamos entender muy poco. Eso me recordó una duda que tenía desde la noche de debutantes: por qué me invitó a participar.
—Los jugadores debemos tener un rasgo especial —dije— porque las masas van por ahí sin darse cuenta de nada. Pero nosotros de alguna manera estamos conscientes de lo que se trata, ¿verdad?
Matt respondió que, en efecto, yo era especial. De lo contrario, ¿por qué habría una cuadrilla de altacosturas listos para apoyarme? Sentí cómo mi ego se infló poco a poco y se elevó con suavidad (una experiencia bastante deleitable, por cierto). Agregó que al Zero solo entran individuos peculiares. En ocasiones aparece algún despistado que por lo general no vuelve. A mí me prestó atención porque regresé una y otra vez. Al verme leer como si preparara una tesis de doctorado supuso que sería una buena candidata. Más adelante descubrió que sí lo era, aunque no por las razones que él pensaba.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues que creímos que serías una jugadora de otro tipo.
—¿Cómo que otro? ¿Cuántos hay, o qué?
—Hay los que están a punto de subir al nivel cinco, los debutantes ideales.
—¿Y?
—También están los que entran a grupos como el del Zero porque requieren atención especial.
—Explícate —ordené, con la sospecha de que la respuesta no me agradaría.
—Digamos que llevan demasiado tiempo en un nivel.
—¿Quieres decir que yo no estoy en el mismo que los demás?
Previo suspiro, elaboró.
—No es eso. Tú también estás por pasar al cinco, pero nos dimos cuenta de que no has avanzado en mucho, pero mucho tiempo. Tu Etymos enronquece tratando de indicarte por dónde ir, vuelta tras vuelta, pero tú te mueves con pasos erráticos, sin acercarte a tu objetivo.
Mi ego estalló en las alturas, para caer sobre mí como gran globo desinflado (experiencia bastante bochornosa, por cierto), lo que me hizo enfurecer.
—¿¡Qué!?
Matt trató de tranquilizarme.
—E… enfoquémonos en tu rapidez para resolver enigmas.
Al salir, portazo de por medio, alcancé a escuchar su exclamación.
—¡Deja de poner pretextos y consigue ese trabajo!
Corrí a casa con el aire helado en la cara ardiente. Mis hombros se sentían de piedra y tenía ganas de gritar para aliviar esa compresión en el pecho, pero no encontré cómo. Apenas entré a mi departamento, me arranqué la ropa. Busqué en una alacena de la cocina el cuenco que se me había caído semanas atrás. Lo tomé entre las manos, rajado y sin un pedazo. Me concentré en la emoción anónima que me sofocaba y lo estrellé en el piso con todas mis fuerzas. Gracias a ese grito prestado las lágrimas pudieron brotar. Estuve llorando boca abajo en mi sofá solferino hasta que, quién sabe a qué hora, me quedé dormida.
VII
Viví una semana con la peor tortícolis en mi historia. Actué como si nunca hubiera estado en el Zero, falté a la reunión del miércoles y retomé mi vida justo donde la había dejado. Revisé algunas bolsas de trabajo solo para confirmar que no deseaba conseguir otro empleo convencional, de esos en los que mueres un poco cada que deslizas tu tarjeta en el reloj checador. Solo que, ¿cuál era la alternativa? Si pudiera dedicarme a lo que más disfruto investigaría temas densos o especializados a partir de todo tipo de fuentes y perspectivas, los desmenuzaría con gran cuidado y entonces escribiría textos más ligeros, pero sin fecha límite de entrega. O traduciría poesía. Tal vez podría optimizar recursos y mejorar procedimientos, como lo he hecho en cada uno de mis empleos. Podría ser courier independiente y entregar paquetes misteriosos por todo el mundo con discreción inigualable, o hasta ordenar bodegas de coleccionistas. Si tan solo encontrara una oportunidad. Ilustrar libros infantiles sería magnífico, solo que no creo dibujar tan bien. Ahora que, si pudiera hacer lo que en verdad me hace más feliz, abrazaría bebés. De esos que no tienen a nadie en el mundo. Los acunaría por turnos, todo el día, cantándoles canciones dulces.
VIII
No sé si fue por no tener un camino mejor o porque, después de todo, podía pedirle a Daniel una prórroga para la tarea, el caso es que decidí solicitar el trabajo del anuncio. Quizá me llevaría a descubrir mi verdadera vocación.
El lunes desperté temprano, con el cuello y el ego aún sensibles. Desayuné un simple té de escaramujo con leche y un bolillo de antier untado con mermelada de naranja amarga, tan duro que tuve que sopearlo. Encontré el clasificado debajo del sofá y, tras posponer la llamada durante casi cuarenta minutos —odio hablar por teléfono—, marqué el número con la sospecha de que el puesto ya estaría ocupado. Nada, que me dieron cita a las doce.
Sentada en la sala de una casona de San Ángel y jugando con las puntas de una bufanda de algodón de tejido abierto, examiné el entorno. Me pregunto cuál será el perfil de dama de compañía. Porque queda claro que no solicitan intérprete, cuidadora o asistente. ¿Qué sentido tiene nada más acompañar a alguien? ¿Por qué no son más específicos en la solicitud? Podrían describir el empleo con precisión y mayor claridad. En serio, si alguien busca compañía resulta más sencillo y económico comprar un pez. O un hámster. Esto es una locura. ¿Hay alguna explicación para lo que estoy haciendo? ¿Qué tal si el juego es más bien un culto? Poco factible, porque no nos han pedido dinero. ¿Y si se trata de un reality show con cámara escondida? Eso no, por favor. Nada me aterra más que ser observada.
Una de las candidatas, que para mí tenía pinta de nana, mencionó que era la tercera vuelta de entrevistas, pues ya habían contratado a dos personas que renunciaron en menos de 48 horas. A punto de deslizarme hacia la calle, llegó mi turno. Decidí que ante cualquier disparate que me pidieran hacer, me iría de inmediato a casa, directo a empacar. Y de ahí al aeropuerto a tomar el primer vuelo internacional que encontrara, fuera a San Antonio o a Canberra, aunque con ello extinguiera mis ahorros.
Entré a un estudio sobrecargado, de extranjero que se fascina por el estilo colonial. Sentada en un tosco sillón de madera con cojines forrados de manta estaba la persona a acompañar: Prudence, una mujer cercana a los cien años con vestido color malva, blazer vino, cabello blanco recogido en un chongo y una corteza de adustez que pasaba por piel. Me revisó de pies a cabeza (falda negra y corta, mallas y suéter delgado color verde limón, botas estilo Daria). Ordenó en inglés que le entregara mi folder y tomara asiento.
Me hizo un par de preguntas, con un dedo extra huesudo señaló un libro sobre la mesa e indicó que leyera donde estaba marcado. Exageré el acento latino en un intento por desalentar mi contratación.
Al final de la entrevista la anciana aclaró que cumplía con los requisitos, pero tenía más aspirantes. Alguien me avisaría el día siguiente si era la elegida. Así que aún tenía esperanza. De que no me contrataran, por supuesto.
Salí de ahí pensando que acompañar a esa persona no era mi idea de pasarla bien. Convivir con ella días enteros sin saber de qué hablar sería una tortura. ¿Y si me exigía usar uniforme? Rumbo a casa recordé a las cuidadoras vestidas de enfermeras que veía en la acera de enfrente, desde el ventanal de la agencia de traducción, inmóviles al lado de nonagenarias ricas que desayunaban en un café pasado de moda con el nieto que perdió en la rifa. Temblé al imaginarme así.
IX
Hoy, martes en la noche, después de hablar con Matt, con Maggie y con el conserje del edificio, me encuentro en un asiento de primera clase rumbo a París, tomando agua quinada mientras canturreo “Holidays are nice, holidays are fun, holidays are wonderful if you’re the one4”.
Cerebro de simio.
Postura del cadáver.
Miro esa nube, un pajarito se aleja volando.
Las vacaciones son lindas, las vacaciones son divertidas, las vacaciones son maravillosas si se trata de ti.





Comprarse un hamster o un pez, adoré éste capítulo me da muchas pistas del pensamiento y el diálogo interno de maneras insospechadas. Gracias 👌
Me gusta mucho su narrativa. Es poderosa. Imprime imágenes con solo repasar la línea nuevamente. Se escucha una gran historia.